Desde que recorrimos por última vez los diez ojos hasta ayer mismo ha pasado mucho tiempo, tanto que pareciese como si la miscelánea de colores que compone los paisajes de la ruta se hubiese velado. El halo gris que deja la falta de lluvia es palpable, ni siquiera los tímidos brotes de las tierras sembradas enverdecen un marrón duro casi rojizo típico de nuestra tierra.
Luego de reparar 2 veces 2 la rueda de José Luis (el flaco) que atónito no daba crédito a ver salir de su cubierta una mezcla blanquecina de aire y latex, como si eso de tener tubeless fuese como poseer una mágica adarga que expeliese pinchos y lascas afiladas, volamos por la pedregosa senda que tras San Jorge termina en esa ciudad en la que una mano, “tal que así” preside una de sus rotondas, desayuno y primer aviso. Ya Matas andaba con la mosca tras la oreja porque su rueda perdía un poco de aire, se hinchó y no se le dio mas importancia. Tras proseguir la marcha por la zona mas abrupta, esta vez a nadie se le ocurrió la genial idea de cruzar por el agua, hubo dos o tres sustos, virguerías de Libe y Domingo bajando por las piedras como si fueran langostos de salto en salto y dos caidillas sin importancia de Cesar y Vicente (caguentoquenotevi), parada para la foto y compostura de cuadradillo, poca cosa.
Al recorrer el cordel de feria un salto puso los pelos de punta al grupo, al caer, Matas destalonó la cubierta de cuajo y el color de su cara pasó del sonrosadorojizo al blanco tanatorio en un plis. Gracias a Dios no ocurrió nada, nada comparado a lo que esta mañana vino a mostrarme, una llanta completamente hecha un ocho tras explotarle en las manos cuando procedía a repararla. Y si digo hecha un ocho me quedo corto y si digo que Matas seguía blanco también me quedo corto, blanco como la pared y salpicado por miles de zarpazos verdes del slime de la rueda. Entero eso si, como siempre y cuando se marchaba entre dientes le oí decir mecaguensuputamadrelahijalagranputadelaruedaelsustoquemehadao.






